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Javier Solá, colabora en el desarrollo de lenguas minoritarias


Javier Sola - KhemerOS

Javier Solá, un amigo que durante bastante tiempo fue el Gerente de la Asociación de Usuarios de Internet, marchó un dia a Camboya y… se quedó.

Español, nacido en Santiago de Chile en 1960, se graduó en Ingeniería Informática en la Universidad de Duke en 1984, iniciando su carrera profesional en los laboratorios de Inteligencia Artificial (IA) de Honeywell Bull en París. Dos años más tarde regresó a Estados Unidos para cursar un master en Informática y Ciencias de la Información (en Ohio 1987), tras lo que vuelve a París a trabajar dos años más con Bull en IA. Volviendo a España en 1990 en donde compagina su trabajo como consultor, con la docencia en programas de Master.

En 1995, se une a los fundadores de la Asociación de Usuarios de Internet, asumiendo el cargo de Director y desde la que empezó en 1996 a organizar el Congreso nacional de Usuarios de Internet: Mundo Internet en sus dos eventos de Madrid y Barcelona. En 1999 es nombrado miembro del Consejo de Nombres de Dominio de ICANN (Inet Corp for Names & Numbers). En 2001 trabaja en la creación de un Plan de Dominios para mejorar la escasa penetración de éstos en España.

He recogido este artículo suyo, que cuenta como fue la cosa,  del web de  Proscritos. La revista.

Pasaba por ahí… 

por Javier Solá 

Cada vez que me preguntan por qué me fui a vivir a Camboya contesto lo mismo. Pasaba por ahí… y me quedé. No puedo decir que me quedara poco a poco. No fue un proceso gradual por el que fui retrasando mi vuelta. Sencillamente… nunca pensé en irme. Era un momento de mi vida en el que el futuro ya no existía, y por tanto no existía tampoco ningún otro sitio, excepto en el que estaba.

Había trabajado los siete años anteriores en la Asociación de Usuarios de Internet, viendo como Internet se convertía en lo que es ahora. Nos habíamos asignado el trabajo de promover el uso de Internet (cuando estaba empezando), intentar que las leyes fueran un poco más benignas con los usuarios, y que los legisladores acordaran de vez en cuando lo que es la privacidad.

Es curioso el concepto de privacidad. En Camboya no existe ni siquiera la palabra. No es necesaria en un mundo donde todo es público, fuera de las ciudades no hay habitaciones, donde uno se ducha delante de los demás, tapado con lo mínimo, y donde las parejas se encuentran brevemente debajo de una manta, en la sala que comparten con toda la familia. Es difícil para nosotros entender un mundo en el que todo es público, en el que una mirada de complicidad con alguien del sexo opuesto será inmediatamente compartida con sus amigos o amigas. No hay secretos, excepto los que son demasiado viles como para contarse.

Diferente es el caso de occidente, donde la privacidad es violada no por el mayor bien social, sino por el ansia de poder y control de los gobernantes, que ambicionan perdurar eternamente en el poder… pero de esto ya me he olvidado, he conseguido incluso que la mayor parte del tiempo ni siquiera me cabree.
En Camboya aterricé en un hogar para niños minusválidos. Me gusto y me quedé. No con ansias de ayudar, ni haciendo algo fundamental para el futuro de estos niños. Me quedé porque me gustó, porque estar ahí me hacía feliz, y no tenía nada mejor que hacer en mi vida. No recuerdo un mundo más feliz que aquel de risas y sonrisas en el que niños de 7 a 10 años tomaban el control de su propia vida. Se levantaban a las seis para limpiar la casa, lavaban su propia ropa, los platos; estudiaban y aprovechaban cada momento para disfrutar de su niñez, esa época en la que no poder andar, ser manco o ciego no es un problema.
Vivían entonces en un mundo que les aceptaba, sin pensar que en el futuro la sociedad les arrinconaría. Y sin pensar tampoco en su pasado de niños reptiles, de niños que se arrastraban por el suelo cuando vivían con sus familias en el campo y sus vidas no valían nada.

Estuve allí varios meses, haciendo los trabajos más sencillos, aprendiendo a vivir con el calor y con los mosquitos, y aprendiendo jemer, el idioma de Camboya. El jemer no tiene las complicaciones tonales del Chino o el Tailandés, pero –con más de 50 vocales- es una pesadilla fonética, y tiene –probablemente- la escritura más compleja del mundo, no por cantidad de caracteres, como el Chino o el Japonés, sino por cómo se combinan, haciendo que la escritura a veces se tenga que leer en espirales, en vez de izquierda a derecha.

Con los niños comprendí lo que quería hacer en los años siguientes. Había salido de España con idea de volver en algún momento y dedicarme a escribir, no con esperanzas de ser publicado, sino como forma de existencia plena.

En el futuro estos niños no podrían desempeñar trabajos físicos, la informática sería una buena opción para ellos., pero darles acceso a la informática no era tan fácil. Todos los programas de ordenador estaban en inglés, y esto era una barrera insalvable para estos niños que se peleaban con los primeros años de primaria.

Y me puse a pensar y a buscar… ¿Sería posible hacer una informática en lengua jemer? un idioma ignorado por los grandes de la informática, por la obvia falta de rentabilidad de la traducción en un país en el que sólo los ordenadores de la ONU y pocos más tienen software legal (y estos no necesitan ni quieren ordenadores en jemer).

Encontré lo que buscaba en el mundo del software libre. Programas gratuitos, desarrollados por grupos de voluntarios, que se podían traducir al jemer. Me puse a buscar y a escribir, a meterme en un mundo técnico y de colaboración que no se aprende en la universidad ni en las empresas. Aprendí las normas de una sociedad en la que casi siempre es posible encontrar a alguien que te ayude, si lo sabes pedir entendiendo el espíritu del que lo ofrece.

Finalmente entendí, y escribí un proyecto de cuatro años para cambiar el idioma en el que Camboya hacía su informática, pasando de usar software propietario a software libre y gratuito. Cuarenta páginas de descripción y un presupuesto: un millón de dólares.

Pero quien era yo… nadie. Alguien que –en una pequeña ciudad de provincia- de vez en cuando hacía de chofer para ir a buscar o dejar un niño aquí o allí. ¿Tenía un millón de dólares? Pues, no, tampoco, pero confiaba encontrar el dinero necesario en alguna parte.

Y me fui a Phnom Penh, la capital, a buscar algún tipo de organización, o crearla, si fuera necesario, para poder llevar a cabo el proyecto en su seno. Durante varios meses busqué, e incluso intenté crear un consorcio de empresas de informática, pero no conseguí interesarles. Finalmente, alguien me puso en contacto con Norbert, un alemán de 70 años que trabajaba en una ONG local. Curiosamente Norbert y yo nos habíamos visto muchas veces en los últimos años en distintas partes del mundo, en reuniones relacionadas con el gobierno de Internet, mucho antes de que yo llegara a Camboya, pero nunca habíamos llegado a conocernos directamente o a hablar.

A Norbert le entusiasmó el proyecto y me invito a realizarlo dentro de su ONG, Open Forum of Cambodia, una organización dedicada a restablecer la comunicación entre personas, rota tras 30 años de guerra que incluyeron un millón de muertos por los bombardeos americanos, así como el genocidio de los jemeres rojos.

¡Ya tenía casa! Nos pusimos a trabajar inmediatamente, bajo el nombre de Iniciativa KhmerOS. Contratamos a dos informáticos para que empezaran a hacer un diccionario de términos informáticos. El jemer no tenía los términos informáticos que necesitábamos para las traducciones, y crearlos era el primer paso.Estudiamos cómo habían sido creadas las palabras en español o francés, y decidimos seguir el mismo proceso, derivando palabras existentes, ampliando su significado para que tuvieran también usa semántica informática. Sabíamos que inventar significados no era suficiente, lo que hiciéramos tenía luego que llegar a la gente por medio de formación, libros, etc.

Y así empezamos. En 2004 empezamos a traducir programas de correo electrónico, un navegador, un procesador de texto, hoja de cálculo y otros programas básicos. Habíamos encontrado algo de dinero y nuestro equipo crecía.

Yo me iba metiendo más y más en el mundo del software libre. Nuestra experiencia se convertía en documentación que incorporábamos a los programas libres. Todas las preguntas que yo había hecho y alguien había contestado sobre cómo traducir OpenOffice se convirtieron el la documentación sobre cómo traducir OpenOffice (programas de tratamiento de texto, hojas de calculo y otras aplicaciones, parecidos a los de Microsoft Office). Lo mismo pasó con otros proyectos.

En 2005 conseguimos interesar al gobierno Camboyano para que se uniera a KhmerOS. Terminamos de traducir todos los programas que nos hacían falta y creamos materiales de formación para repartir a los profesores. El equipo de KhmerOS creció a 10 personas, incluyendo a cuatro formadores cuyo trabajo era empezar a formar profesores. Durante 2005, junto con el gobierno, formamos a más de 300 profesores de informática que ya tenían experiencia enseñando programas de Microsoft, y a casi 500 estudiantes, trabajadores y funcionarios. Nuestros productos en jemer empezaban a ser conocidos por todo el mundo interesado por la informática en Camboya. A final del año el vicepresidente en persona entregó los títulos a los profesores que habíamos formado.

Ahora –en 2006- seguimos nuestro trabajo. Casi todos los colegios de Camboya que enseñan informática lo hacen con los programas que hemos creado, y con nuestros materiales de formación. Más y más funcionarios públicos lo usan, y la demanda crece. Por el momento nuestros programas son utilizados en ordenadores que todavía utilizan Microsoft Windows, pero ya estamos trabajando en una estrategia para que el año que viene los ordenadores también cambien su sistema operativo a Linux (que ya hemos traducido al jemer) llegando a tener ordenadores que estarán completamente en jemer y usarán sólo software gratuito. El Gobierno –con nuestra asistencia- ha desarrollado una de las políticas informáticas más avanzadas del mundo, recomendando que todo el mundo utilice software libre, y obligando a los que quieren comprar software propietario a justificar su decisión. También se ha desarrollado un Plan Maestro para que todo el Gobierno migre a Linux, librándose de la esclavitud de tener que comprar software para cada nuevo ordenador.

Lo increíble es que todo está ocurriendo como yo lo soñé en 2003. La verdad es que nunca me lo hubiera creído cuando empecé. Mi actitud fue siempre de «yo empujo… y que sea lo que Dios quiera». No era tan importante conseguir cosas como intentarlo. Si no hubiera ocurrido nada no habría sentido que había fracasado. Conocedor del poco control que tenemos sobre el mundo, sencillamente habría entendido que no se daban las circunstancias para que ocurriera. Cuando necesitábamos dinero, aparecía, no el millón de dólares que había previsto al principio, sino lo justo para seguir, pequeñas cantidades que nos permitían hacer un trabajo de guerrillas, en vez de armar el ejército completo que yo había previsto para KhmerOS al principio, pero siempre suficiente para continuar, y para hacer todo lo que necesitábamos.

Poco a poco me fui metiendo también en el mundo de la traducción, y los problemas que tenían los países pequeños para hacer lo mismo que nosotros en Camboya. Junto con unos amigos sudafricanos que trabajaban en lo mismo (traduciendo al Zulú, al Xhosa y nueve idiomas más) creamos un proyecto para desarrollar los programas informáticos que hubiéramos soñado tener para nuestros traductores, el proyecto WordForge ( la forja de palabras), conseguimos convencer a un donante importante para que financiara (la Fundación Soros) y ahora estamos desarrollándolo como una cooperación sur-sur entre Camboya y Sudáfrica, formando a los programadores y enseñándoles a trabajar juntos.

Paso la mitad de mi tiempo viajando, intentando facilitar la labor de traducción en el mundo del software libre, participando en grupos de trabajo, dando conferencias, escribiendo, y la otra mitad en Camboya, buscando nuevas formas para que la gente aprenda a utilizar la informática en su propia lengua. En este momento tenemos nuestra ilusión puesta en un concurso para que la gente aprenda a teclear sin mirar lo más rápido posible, creemos que puede ser la puntilla final para el cambio.

El futuro sigue sin existir para mí. Existe el futuro de mis proyectos, y mi compromiso con ellos (mientras sigan siendo divertidos), pero es un compromiso presente. Sí que tengo otros sueños, en Camboya y fuera de ella, y quizás intentaré ponerlos en marcha. El que más me tira en este momento es hacer un nuevo diccionario de jemer, y un manual de ortografía, pero estos son grandes proyectos y tendrán que esperar a que los astros permitan su comienzo.

Lo que he aprendido en estos años es que es posible hacer cosas, que el motor del cambio son personas, nunca instituciones. Si fallan las personas falla el cambio, porque se queda sin su fuerza vital. Esto se ve todos los días en el mundo de las ONGs (o las oenegés, como diría mi amiga Inar). Los creadores de ONGs suelen ser gente con ideas, y con fuerza para implementarlas, pero este tipo de personas con el tiempo tienen que seguir su camino para crear cosas nuevas, son reemplazados en muchos casos por gestores que no tienen ni su fuerza ni su empuje. Los proyectos continúan, pero más y más de forma autómata, y acaban muriendo por falta de renovación y de ideas.

Es curioso como esto se parece a los mecanismos la Historia de las Civilizaciones de Toimbee, dónde explica que las civilizaciones nacen en defensa de un enemigo común, empujadas por líderes ideólogos con empuje… que pronto son reemplazados por políticos interesados en su propio poder… y finalmente por militares, en el momento en que la civilización comienza sus siglos de decadencia. Toimbee definía (entre otros) dos síntomas interesantes que muestran que una sociedad está en decadencia: el avance tecnológico para la comodidad y la expansión militar (conquista de otros países, normalmente debida a control militar de la civilización).

Pero esto ya son ideas, y no experiencias, que era de lo que yo venía a contaros hoy, y para ideas ya hay otros que saben más que yo…

Javier Solá – Madrid (de paso) – 14 de Mayo de 2006