El caso Ronnie revisitado


Acabo de ver el artículo de Mercè Molist («La periodista que habla con los Hackers») sobre el caso Ronnie y me parece que destaca adecuadamente el lado humano del drama que suponen las penas previstas en una sentencia como esta.

El artículo de Mercè se titula «No volvería a atacar al IRC-Hispano» y lo que pinta me parece cierto.

Hay chavales que no son conscientes de la dimensión de los problemas que pueden causar con algo que para ellos puede parecer de poca importancia.

El drama personal se agranda cuando unos padres orgullosos de su hijo tan estudioso que no sale de casa, se encuentran a la policía llamando a la puerta.

Lo llamativo para mí es que gente inteligente, capaz de desarrollar pequeñas proezas tecnológicas, no quiera ser consciente de que hay muchas técnicas de investigación y que cada vez es más difícil salir impune de algunas gamberradas.

Frecuentemente se dice que Internet promueve el anonimato y que este anonimato es la causa de los delitos. También se dice que es la herramienta del «Gran Hermano» para vigilarnos a todos.

Lo cierto es que tanto en el mundo físico como en el virtual existen medios para guardar el anonimato y técnicas para soslayarlos cuando es necesario llevar a cabo una investigación.

Llevo años trabajando para que se desarrollen en España técnicas de identificación y firma electrónica, y no puedo negar que por fin se está viendo algún avance. Pero he aprendido a valorar el anonimato a sabiendas de que como decía Locard, todo contacto deja un rastro (también en Internet, aunque él no la conocía).

En mi opinión todavía nos falta interiorizar algunas de las peculiaridades del mundo virtual, de la forma en la que lo hemos hecho respecto al mundo real, sabiendo que en realidad, ambos mundos son facetas de las mismas personas, y, por tanto, se entremezclan. Así que es importante que venzamos la tentación de llevar a cabo gamberradas que pueden ser tipificadas como «delito penal», igual que vencemos otras tentaciones en nuestra vida cotidiana.

Muchas veces, el último impulso que nos decide a llevar a cabo una acción es una sensación de aparente impunidad, que cada vez es más improbable.

Por eso, a veces, no por necesarias son menos sospechosas las voces que reclaman la necesidad del anonimato. ¡Claro que es necesario! ¡En muchos órdenes de la vida! Y leyes como la LOPD deben existir para proteger la privacidad.

Pero hay límites razonables, como los que se nos ocurren en nuestro siglo al repasar episodios como los de «El motín de Esquilache» en el que se defendían argumentos que en su momento parecían importantes y que hoy no entendemos.

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